Mostrando entradas con la etiqueta en los martes miento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta en los martes miento. Mostrar todas las entradas

20.12.11

"Aprovechá a leer ahora que podés..."


ilustración: Lucía Miranda

Te deseamos que, durante el 2012, puedas hacer todo lo que quieras: como cada año que comienza, éste también viene con doce meses enteritos y flamantes.
¡Felices fiestas!
Con cariño,
La lectora 

13.12.11

La lectora con protector solar


Una literatura difiere de otra ulterior o anterior, 
menos por el texto que por la manera de ser leída.
Jorge Luis Borges

Cuando la lectora lee, las palabras no resultan sólo un conjunto de letras o sílabas: son detonadores de ideas y de recuerdos, reales o imaginados. El libro se transforma en la suma de lo que el autor escribió y lo que a ella le despierta. Pero entonces, se pregunta: ¿a quién pertenece ese libro, al autor o al lector? ¿Le gustaría a este autor que se lean sus libros desde el agua, por ejemplo, o se pondría nervioso por si le salpican las páginas?
La lectora considera que el libro es, desde el momento en que lo lee, de ella. Lo lleva a la pileta consigo aunque al final del día quede un poco pegoteado con protector solar y gotitas de agua.


También en: Los martes miento (revista virtual semanal)

6.12.11

La lectora, por Guybrush


A medida que se acerca fin de año, las rutinas se alteran, todos corren de un lado a otro, no sobra tiempo para nada. Por eso la lectora aprovecha que el chico que escribe más arriba en la revista Los martes miento (lo llaman o se hace llamar Guybrush) en estos días pasó de visita por aquí y escribió algo que… bueno, tiene que ver con leer. Y ella, ninguna tonta, se apropió del texto  -y de la foto- para su columna y así se toma vacaciones por este martes.

La lectora, por Guybrush 

Si bien es probable que en cualquier momento se necesite pasaporte y visa para entrar a Capital, por más que sea difícil de creer, vivir un par de cuadras más allá de la loma del traste tiene ciertos beneficios.
Ejemplos: en verano la gente aún se sienta en la puerta a tomar fresco, los vecinos se ayudan, el tránsito no es enloquecedor y si a un grupo de aliens se les ocurre atacar Buenos Aires, para cuando lleguen a mi casa yo ya me morí de viejo.  
Pero creo que lo mejor de vivir lejos es que uno puede leer mucho en los medios de transporte.
Sé que también puedo leer en casa (o en el baño del trabajo), pero colgarse con un libro en el colectivo o el tren tiene cierta magia. Cierta capacidad de acelerar el tiempo y de permitirte disfrutar del transporte público.
Escuchar música tiene onda, pero hay dos puntos en contra: digamos que no viajo en el silencioso TGV, así que el ruido del San Martín “enmascara” (por no decir “tapa completamente”) el sonido. Además, al escuchar música aún tengo los ojos “desocupados”, y mirar los dantescos paisajes del conurbano por la ventanilla no es muy motivador.
En cambio con un libro es diferente. Uno puede abstraerse completamente del mundo (después de asegurarse de que su billetera quede bien cubierta) y disfrutar. No mira por la ventanilla, el sonido del tren lo arrulla en vez de apabullarlo, practica equilibrio viajando parado y sosteniendo un libro pesado, se hace el intelectual con la chica de al lado, controla con más facilidad las ganas de masacrar al payaso que escucha música sin auriculares y no se distrae con los engañosamente tentadores y posiblemente fatales ítems de los vendedores ambulantes.
Compadezco a la gente que vive en Capital… porque no puede leer en el transporte público (al menos, no por mucho tiempo) y porque cuando lleguen los aliens van a ser los clásicos giles que mueren siempre al comienzo de la película, mientras el congreso explota en una bola de fuego y el obelisco se derrumba, en un simbolismo fatal sobre la caída de la civilización.
(Nota mental: cortar un poco con la Ciencia Ficción.)

"Leer es, para mí, no solo tener una idea de lo que dice el escritor, sino escaparse con él y viajar en su compañía."  André Gide, escritor francés.

22.11.11

La lectora con limericks cariocas III


Anahí y Lucía se conocieron algún martes en Los martes miento. Durante el último invierno fueron construyendo un libro pequeño al que llamaron Limericks cariocas (Editorial Caki Books, Rio de Janeiro, 2011) y que presentan este viernes 25 a las 18 hs en Casa de Letras, Perú 375, octavo piso.
Todos los lectores de los martes están más que invitados.
Y gracias, Alej, por el flyer.
¡Nos vemos!

15.11.11

La lectora saborizada


Leer y comer, no puede ser
(Refrán)
Uno de los grandes placeres de la lectora es mezclar libros con comida. En este picnic de primavera tardío, con sándwiches de tomate seco y rúcula y otras delicias, varias lectoras improvisan combinaciones. ¿Habría que tener en cuenta la coherencia entre la historia y el sabor? Por el momento, ellas ni piensan en eso y juntan novelas livianas con cup cakes de chocolate, y cuentos fuertes con jugo de frutilla. Bon appétit!

En este pic nic participaron Vero Mariani, Vero Farías, Romi Lamarque y Vir Sar.
Otras fotos del pic nic, aparecen en: Corazón de algodón, Alma Singer y Espacio Living.


8.11.11

La lectora y los amigurumis

foto: Silvina Báez


El propósito de la lectura no es conseguir que se vendan más libros,
 sino que los lectores disfruten más de la vida. 
George Holbrook Jackson (1874–1948), escritor británico.
En el nuevo barrio de la lectora hay un rincón adonde a ella le gusta ir a leer ciertos libros. Nunca un libro técnico o de ensayos. Libros de cuentos con letra grande son los que más combinan con ese lugar. Mejor aún si tienen ilustraciones.
La lectora se sienta en su rincón y se deja llevar por el entretejido de letras. Los renglones le parecen hilos. A medida que avanza en la lectura (cada letra teje un punto) avanza en el tejido y, a su alrededor, van apareciendo los pequeños amigurumis (*) imaginados.


(*) Se llaman “amigurumis” los muñecos tejidos en crochet. Gracias a Julieta, de Los sospechosos, por acercarnos sus amigurumis para este post.

Estamos también en Los sospechosos y en: Los martes miento (revista virtual semanal) 

1.11.11

La lectora y el aire

collage: Julio Flores
Se necesita espacio en el texto para que el lector penetre. 
Siri Hustvedt (1955), escritora estadounidense.

Hay libros en los que las oraciones se superponen, se tapan unas a otras como pasacalles. Las frases quedan sueltas y resulta inútil tratar de hilvanarlas: ellas solitas se repelen y hacen imposible una lectura fluida. Son textos que, de tantas palabras prescindibles, se quedaron sin aire. La lectora cree que ya se habría asfixiado si no consiguiera, siempre, salir de esos libros a tiempo.


25.10.11

La lectora anciana



ilustración: Marta Toledo
(Relato publicado en el suplemento cultural del diario Perfil el domingo 16 de octubre)

Era otoño. Recostada en la reposera del jardín, la anciana pasaba la tarde sumergida en un libro. Mientras sus ojos deambulaban sin prisa por las letras, la consciencia encontró una bifurcación por la que se alejó de las líneas, se sumergió en su cuerpo y enseguida encontró el motivo que la dispersaba: el corazón. No el corazón en sí, sino un pequeño desplazamiento que parecía haber realizado. Ella hubiera jurado que ahora se encontraba un centímetro más hacia abajo, aunque sospechaba que los órganos no podían moverse así nomás. Por otro lado, latía normalmente y aunque no parecía haber motivos para preocuparse, permaneció atenta, escuchándolo.

Inmóvil, con el libro en las manos, era casi una estatua. Seguía pasando la mirada sobre las filas de letras, andando sobre ellas como si fueran las baldosas sueltas de una vereda que de vez en cuando salpican. El corazón ya estaba cerca del abdomen. Lo sintió latir y pensó en los tambores cuando anuncian algo importante. Si era verdad que estaba paseándose por ahí, entonces ya era hora de que comenzara a retornar a su sitio habitual. ¿O continuaría descendiendo por el tobogán del cuerpo? Ambas opciones le parecieron posibles. Se quedó esperando a ver qué pasaría. Mientras tanto, como para distraerse, releyó un fragmento del que no le había quedado ni una frase. Aquella tarde su mente era un colador de palabras; por más que leyera y releyera, no sobrevivían. Insistió.
Una hoja amarillenta planeó desde un árbol y le cayó justo sobre la panza, como marcando un objetivo. La hoja subía y bajaba ante cada latido. El corazón parecía querer  mostrarle una prueba concreta en el balanceo de la hoja seca. Y ya no le asombró cuando alcanzó la pelvis. Entonces se dijo a sí misma “Hasta aquí está bien. Ahora va a volver a su lugar, apenas salió a dar una vuelta para despistarme, para recordarme que aún estoy viva”. Y sus palabras, por un momento, la auto convencieron.
Por eso cuando el corazón comenzó una caída libre por las piernas, dividiendo su fuerza en dos mitades, un gesto de temor se le incrustó en la cara. El corazón fluía por sus muslos como por una cascada sin piedras. Bajaba por las rodillas, se enroscaba apenas un segundo en los ligamentos, le quemaba las pantorrillas hasta detenerse en los pies, frente al precipicio. Y como si dos puertas virtuales se encontraran entreabiertas en las plantas de los pies, se asomó para lanzarse al jardín, hacia otras plantas. Buscó entre el césped, aspiró el olor a tierra. La mujer escuchó el roce de sus venas que tanteaban el pasto. Los latidos se internaron en la tierra húmeda, y ella decidió, para cambiar de tema y olvidar este asunto que ya estaba incomodándola, ponerse de pie. Con movimientos más vegetales que lo habitual, se incorporó hasta encajar los pies en el suelo. Se amalgamaron como dos piezas antiguas de un engranaje. Sus brazos se elevaron al unísono, impulsados por un chorro de savia que brotaba desde el suelo a través de su cuerpo. Y en la punta del brazo izquierdo, allí donde hasta poco antes había habido una mano que sostenía un libro, los latidos reiniciaron con más fuerza que antes. Ella no pudo verlo pero lo supo: una flor de ceibo, nacida de su sangre, aparecía en lo alto de las ramas.
Hacia la nochecita, una hormiga negra caminaba por su piel, pero la corteza de las piernas la protegió. De ahora en más, cualquier cosquilla proveniente del reino animal le pasaría por completo inadvertida.
También en: Los martes miento (revista virtual semanal) y en el blog de Casa de letras.




18.10.11

La lectora ya tiene los resultados del sorteo


Gracias a los geniales sorteos de Vero Mariani en su blog Alma Singer, se nos ocurrió hacer este sorteo de celebración. Y ¿quiénes se llevarán los tres libros de Adriana Hidalgo Editora…? 
En pocos minutos lo sabremos.
Ponemos los 25 nombres en una hoja (24 de comentarios dejados en este post, y uno dejado en Los martes miento), la cortamos, agitamos los bollitos de papel  y Todos los cuentos, de Paco Urondo, es para… ¡Diego Ariel Vega! Muchas felicitaciones :)

Vamos por el próximo, El africano, de J. M. Le Clézio.
A ver a ver… ¡Felicitaciones, Anónimo! Copiamos el mensaje del inscripto N21 para que se identifique, porque es una persona seria pero no nos dejó su nombre el el comentario:
Anónimo dijo... Siempre fui una persona seria como todos y todas the librarians y no me gustan los farsantes de cualquier tipo, tamaño, y carácter... Un beso, Anahí!

Y ahora vamos con el último libro, el título infantil… ¿qué niño se lo llevará?… ¡Lucía se lleva el premio infantil! ¡Yupi!

Gracias a Adriana Hidalgo Editora, que nos regaló estos tres ejemplares y felicitaciones, otra vez, a Diego, Anónimo y Lucía. ¡Entren en contacto con la lectora para recibir sus premios! 

4.10.11

La lectora hace una buena acción


¿Al fin y al cabo qué es la lectura sino un vicio, 
como la bebida, la lujuria o cualquier otra forma 
de excesiva tolerancia para con uno mismo? 
Aldous Huxley, escritor inglés (1894-1963)

Algunos amigos le dicen que compran más libros de los que leen, que ya no saben qué leyeron y qué no, que la pila de libros sin abrir junta polvo en el escritorio. Que no consiguen entrar a una librería sin llevarse varios libros, ni tampoco dejar de frecuentarlas para terminar, de una vez por todas, con este vicio. Que los libros en la casa ocupan más espacio que cualquier otra cosa. Que siempre tienen que apartar libros que se adueñan de los sillones, las mesas, el pasillo, el baño. No cocinan más porque, a falta de un lugar mejor, guardan libros en el horno. Tienen hambre, huyen de su casa para poder alimentarse, pero es más fuerte que ellos: se desvían, entran en una librería de usados y, a los pocos minutos, ya tienen un nuevo kilo de libros en vez del kilo de pan que tanto deseaban. ¿Qué hacer? La lectora los entiende y les pide algunos libros prestados que sabe que jamás devolverá. Y luego se va, sabiendo que hizo una pequeña buena acción. 

27.9.11

La lectora y sus gustos II

Cuando necesito leer un libro, lo escribo. 

Benjamín Disraeli (1804-1881), ensayista británico. 

A la lectora le encanta: despertarse sin apuro y tener los sueños tan vívidos como si fueran cuentos fantásticos que acabara de leer, quedarse en piyama y cubrirse con su bata, sentarse en la mecedora frente a la ventana, ver los autos pasando allá abajo, escuchar la campana del reloj de la torre pero no prestar atención a qué hora es, agarrar el cuaderno antes que los sueños se esfumen, anotarlos sin pensar ni preocuparse por el estilo, la sintaxis o las faltas de ortografía.

Este post es la continuación de La lectora y sus gustos I


Muchas gracias a Ratón de Biblioteca, por los lindísimos cuadernos que le trajo a la lectora.

20.9.11

La lectora y las flores




ilustración: Lucía Miranda
Un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo. 

Proverbio árabe.

Después de hibernar por meses, la ciudad empieza a despertar. Como en todo despertar placentero, va haciendo pequeños movimientos: una hojita se estira por ahí, una flor se abre por allá. Y otra flor, y otra, y otra. Cuatro flores se desperezan y giran hacia la lectora, quien ni se da cuenta de que tiene, sobre sus páginas, a estas lectoras perfumadas.

También en: Los martes miento (revista virtual semanal) 


Y también en el Flickr de Lucía Miranda.

12.9.11

La lectora y las mandarinas

foto: Vero Mariani



Un libro es un artefacto para encender la imaginación.

Alan Bennett (1934), 
novelista británico.

Mientras elige qué frutas llevar, sigue leyendo. Cuando su mano pasea por las mandarinas, la textura rugosa hace interferencias en la lectura. Parecería que la página antes lisa se hubiera mimetizado con la cáscara. La lectora se pregunta ¿se podrá pelar un texto? o ¿dónde está la semilla en los poemas?
Por lo general, cuando lee va creando imágenes mentales. Pero hoy no hay imágenes en su mente, sólo un aroma intenso a mandarina recién pelada.



Gracias a The Pick Market.



5.9.11

La lectora recuerda un libro

foto: Miguel Sampedro



El tiempo pasa, los libros envejecen rápido, ocupan un montón de espacio, 
se llenan de tierra y de ácaros, nos arrancan blasfemias cuando no los encontramos en seguida
 y estornudos cuando queremos quitarles el polvo soplándolos.
Juan Martini (1944), escritor argentino.

Mientras ordena la biblioteca, le viene un libro a la memoria. No el libro, en realidad, sino la sensación que le dejó al leerlo hace años. Y entonces se da cuenta de que guarda de ese (y de cualquier) libro dos versiones: la vivencia del momento en que lo leyó, y el recuerdo de ahora, con muchos fragmentos desdibujados y otros -los que eligió su memoria- más nítidos. 
La lectora lo busca en los estantes con la intención de hojearlo, tal vez releerlo y, así, construir una tercera versión.


30.8.11

La lectora y sus gustos I


Temprano a la mañana, cuando el día nace, 
cuando todo está naciendo,
 leer un libro es algo simplemente depravado.
Friedrich Nietzsche (1844-1900), filósofo alemán.

A la lectora le encanta: levantarse temprano sin que haga falta, que afuera esté lloviznando, ir hasta la cocina por la casa en penumbras, saber que tal vez sea la única despierta en todo el edificio, incluso en toda la manzana, poner agua a calentar al viejo estilo de la pava sobre el fuego, el sonido del agua, el sonido de la hornalla, el olor de la yerba todavía seca, leer mientras toma los primeros mates y afuera se larga a llover aún más fuerte.

23.8.11

La lectora y los grafitis


foto: Julio Flores
Todos nos leemos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea 
para poder vislumbrar qué somos y dónde vamos.
Alberto Manguel 
(1948), escritor argentino.

El muro se ve atestado de mensajes superpuestos. No es un muro de facebook, es la pared lateral de un frigorífico donde los grafitis aparecen de a capas, como en excavaciones arqueológicas. La lectora se para frente al muro y trata de leerlo. Pero no entiende lo que lee y quedarse afuera, en este caso, no le agrada. 
Muy pronto la vemos caminar hacia otro lado, desistiendo, al menos por ahora, de los jeroglíficos urbanos.


También en: Los martes miento (revista virtual semanal)

16.8.11

La lectora se detiene


Durante el tiempo de lectura
 somos tragados por cetáceos o arrojados al abismo.
Christian Ferrer (1960), ensayista chileno.

La lectora deja de caminar. Venía bajando la escalera sin dificultad: cada escalón equivalía a unas cinco o seis palabras. Pero a veces la lectura exige inmovilidad, aunque sea momentánea. Los pies se detienen. El cuerpo entero se aquieta. Hasta la respiración desaparece durante ciertas oraciones. Aunque dentro de ella, todo es movimiento: la mente va a mil por hora, saltando de una palabra a otra tan rápido que, más de una vez, parece quedar suspendida en el aire.

9.8.11

La lectora en el ascensor


Lo bueno de un libro es que se lea.
Umberto Eco (1932), escritor italiano.
Si la lectora está llegando a casa y le falta leer media página, aprovecha el ascensor. Sabe que hasta el piso nueve, si no se detiene demasiado en cada palabra, le alcanza para eso más o menos. Y, en todo caso, termina las últimas líneas en el pasillo, antes de abrir la puerta. Así, el ascensor se volvió, en los últimos tiempos, un lugar ideal para concluir un cuento.

19.7.11

La lectora y los números


Leer era, entre otras cosas, un músculo que ella, al parecer, había desarrollado.
Alan Bennett (1934), novelista británico.

A la lectora no le gustan los números. Bueno, tampoco es tan así: mucho no le importan. La dispersan. Si frente a sus ojos aparecen números (una cuenta, el precio del tomate, la altura de una calle, el teléfono de alguien, su peso en la balanza), la reacción es automática y busca reemplazarlos por letras. Y aquí la tenemos, sin recordar cuánto pesa ella misma o cuál es el piso al que acaba de mudarse.

12.7.11

La lectora en invierno



foto: Silvina Báez 
El autor sólo escribe la mitad de un libro. 
De la otra mitad debe ocuparse el lector.
Joseph Conrad 
(1857-1924), escritor polaco.

El aire frío que muchas veces la llevó a refugiarse en cafés, negocios, incluso en la boca del subte, esta vez la impulsa a salir. 
La lectora inspira con ganas y el olor del invierno le hace recordar tantos otros inviernos. El frío tiene ese perfume característico que revive momentos invernales ya pasados. Si la lectora tuviera una magdalena a mano la comería en homenaje a ese viaje repentino a través del olfato, pero no hay magdalenas a la vista. Lo que sí tiene es un libro en la cartera y, una vez encontrado un rinconcito con un poco de sol, lo abre.
La lectora recuerda y lee al mismo tiempo, dos acciones que -como ahora- pueden llegar a significar lo mismo.


También en: Los martes miento (revista virtual semanal)