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26.4.11

La lectora como en su casa

Aquí en Paris tenemos una primavera preciosa que hace difícil encerrarse a trabajar. Me voy a la calle con un libro como la Lectora.
(1979), escritora y aforista española.

Cuando uno se siente a gusto donde vive, puede ocurrir que se olvide de los problemas habituales de la ciudad y salga a caminar despreocupadamente, con un libro en la mano, sin rumbo fijo. Es al andar por las calles eligiéndolas al azar cuando aparecen los mejores lugares, como si estuvieran reservados para quien tiene tiempo de encontrarlos. La lectora está en un día así.
Al ver el banquito entre los árboles, libre y con la luz exacta del sol que comienza a irse, se recuesta como si estuviera en su cama después de una siesta. 
La lectora está segura de que el banquito la estaba esperando. No vamos a discutírselo.

9.11.10

La lectora five o'clock

Beber es como leer una "novela" (mi padre empleaba el término con desdén, él mismo nunca hojeó una novela en su vida); no necesita charla, pero sí compañía, de otro modo la cosa comienza a parecerse a trabajo.
Graham Greene
(1904-1991) , escritor británico.

Son las cinco de la tarde cuando la lectora va a la plaza a tomar el té con amigas. Despliegan la lona y la llenan de manzanas y masitas para acompañar el té de menta con miel que sirven en vajilla de porcelana. Un hombre que pasa las ve y piensa "qué reunión tan silenciosa"; sin embargo, si se acercara cambiaría enseguida de opinión porque el aire que las rodea funciona como una gran pecera donde los pensamientos de cada una navegan. Así, cuatro narraciones distintas se mezclan en ese fragmento pequeño de la plaza y, más que silenciosa, la reunión es un vórtice de argumentos que se entrelazan. En un primer momento el cóctel parecería no tener sentido: cada novela va por un carril propio. Pero las amigas insisten hasta que las cuatro historias se amalgaman creando una novela collage que sólo ellas comparten, ya que cuando comience a atardecer y retornen a sus casas, cada narración volverá a recogerse a su libro original como si nada hubiese ocurrido.


También en los martes miento N 213 (revista virtual semanal)

11.9.10

La lectora en compañía

Los libros irradian “algo”, un fluido que el lector percibe tanto como siente la presencia próxima y evidente del calor de la estufa.
Christian Ferrer
(1960), escritor chileno.

El banco de plaza parecía estar esperándola y ella, al encontrarlo, no se resistió. En el aire había aroma a jazmines. Era el primer día, después de los meses de frío, que vestía manga corta. Se sentó arropada en la tibieza de la tarde y abrió el libro particularmente gordo. Le pareció que el largo del libro tenía sentido, que para los últimos días del invierno nada mejor que una novela con muchas hojas para disfrutar al sol.
Estaba en la mitad de un capítulo cuando descubrió que ya no se encontraba sola, un hombre se había sentado en la otra punta del banco. También leía. Si bien le intrigó, no quiso despegar sus ojos de la página. Se limitó a saber que estaba acompañada.
Pero entonces pasó algo poco común: dieron vuelta la página al mismo tiempo y en idéntica velocidad y es sabido que cuando esa coincidencia ocurre entre dos extraños (siempre que se encuentren a menos de un metro de distancia uno del otro), las lecturas se invierten. Ambos cayeron, inesperadamente, en la historia del otro.
La lectora miró al hombre quien, al retribuirle la mirada, dejó entrever que algo inusual también ocurría con su libro. Espontáneamente y sin pronunciar palabra intercambiaron los ejemplares; sólo así cada uno pudo retomar su lectura. Más tarde, cuando el invierno reapareció junto con el atardecer, intercambiaron también sus números de teléfono antes de alejarse del banco.

1.7.10

¿La lectora en el parque?

foto: Lali
Dedicado al parque Vila Ema,
 que no se sabe si continuará existiendo.

La lectora está desorientada. Como si hubiera olvidado hacia dónde queda cada lugar en la ciudad. Camina por las calles céntricas tratando de reconocerlas, pero –aunque podría decirse que las conoce como la palma de su mano– hoy las nota más oscuras. Los autos pasan a su alrededor y cierta densidad en el aire trae el sonido de las bocinas con delay, lo que la confunde aún más. Le encantaría encontrar un parque, o aunque sea un jardín, donde poder sentarse hasta recuperar una especie de cordura que parece habérsele ido. Respira y el smog se le prende a las fosas nasales. Exhala y el smog se le desparrama por la ropa. Y no se topa con ningún jardín. A lo sumo algún arbolito solitario, de esos que tienen el tronco blanco por el veneno para las hormigas y las hojas de un gris sospechoso. Lo más vegetal que tiene a mano es el libro que trae en la cartera. Por eso lo abre y se hunde en él como si se tratara de una pileta. La sed de vida de a poco se calma. Va pasando las páginas y el entorno, antes asfixiante, se atenúa. Las bocinas se transforman en otros sonidos –en un trinar de pájaros tal vez–. Cree ver, por el rabillo del ojo que antes captaba una vereda seca, una hilera de árboles surgidos quién sabe de dónde. No se anima a despegar los ojos del libro, mantiene serias sospechas en relación al verde que parecería haber aparecido a su alrededor. Teme que si levanta la mirada de la página, vuelva a ver la ciudad en su peor versión. La lectora se mantiene firme, con las pupilas aferrándose a las páginas, y la piel intentando desarrollar ojos que le confirmen que sí, que está en un parque, que no derribaron los árboles, que se puede seguir respirando.
  
Mi amigo Fernando Salvio, de São Paulo, está luchando para que no desmantelen una de las escasas áreas verdes que quedan en su ciudad.
Ayudémoslo desde donde sea que estemos, entrando a su blog y firmando aquí.