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4.2.14

La lectora y los adoquines




Por detrás del papel, ve la calle. Los adoquines húmedos la confunden. Parecen los mismos de una escena de páginas atrás. Mira de reojo a su alrededor y vuelve a las páginas. Cree reconocer, también, la arquitectura. Vuelve a mirar de reojo: sí, es una aldea. Pero cómo es que esas casas llegaron hasta ahí. De alguna forma, el ambiente que acaba de leer se trasladó a su alrededor. Falta saber si a los personajes de la novela les pasó lo mismo. En ese caso, más le valdría a la lectora cerrar el libro y estar atenta a ese túnel, a esas puertas entreabiertas por donde alguien podría aparecer.

4.9.12

La lectora y la vuelta a la manzana




Hay muchas formas de hacer que un bebé se duerma. Una es llevarlo a pasear en cochecito. Pero ciertos bebés, fascinados por el mundo, después de cinco vueltas a la manzana siguen tan despiertos como al inicio o más. Qué hacer entonces. En principio, no confiar en postergar todo para “cuando el bebé se duerma”: tal vez no lo haga. La lectora podría dar la vuelta a la manzana con los ojos cerrados, de tantas vueltas que ya dio. Abre el libro y se deja llevar por el ritmo del cochecito para andar por las calles y por las páginas.

1.11.11

La lectora y el aire

collage: Julio Flores
Se necesita espacio en el texto para que el lector penetre. 
Siri Hustvedt (1955), escritora estadounidense.

Hay libros en los que las oraciones se superponen, se tapan unas a otras como pasacalles. Las frases quedan sueltas y resulta inútil tratar de hilvanarlas: ellas solitas se repelen y hacen imposible una lectura fluida. Son textos que, de tantas palabras prescindibles, se quedaron sin aire. La lectora cree que ya se habría asfixiado si no consiguiera, siempre, salir de esos libros a tiempo.


10.5.11

La lectora a punto de ser ingerida

foto: Silvina Baez

El castillo íntimo de la lectura –ese momento de silencio agazapado entre un animal y su presa– permanecerá inaccesible hasta el fin de los tiempos.
Matías Serra Bradford 
(1969), escritor, traductor y crítico argentino.

Mientras ella lee una historia a la cual no tenemos acceso, aquí afuera, a plena luz del día, está ocurriendo otra bien distinta. Tal vez la lectora esté tan abstraída que desconozca los peligros que la acechan. Lo bueno es que no se dará cuenta de nada. Y, tal vez, se lleve el libro con ella y lo lea una y otra vez, por los siglos de los siglos, hasta memorizarlo. ¿Y después?

22.2.11

La lectora en el semáforo

Junto con los libros debiera venderse el tiempo suficiente para leerlos.
Schopenhauer
(1788-1860), filósofo alemán.

Tuvo que bajar del colectivo antes de terminar el capítulo, la parada había llegado unas oraciones antes del punto final. Caminó con el libro en la mano, se resistía a guardarlo así, inconcluso. Marcaba, con un dedo entre las páginas, el lugar exacto donde se había interrumpido. Las páginas le apretaban el dedo como una mano infantil que tironea reclamando atención. 
Cuando el semáforo se puso en rojo, el libro -como por voluntad propia- se abrió. Aquellos segundos eran todo lo que le faltaba para llegar al final del capítulo. Y al dar la luz verde, la lectora ya estaba lista para cruzar la avenida.

12.10.10

La lectora entre páginas

foto: Lali

Cada vez que daba vuelta la página aparecía otra, con un olor sospechoso a recién impresa; sin embargo -y tengamos en cuenta que ella no había hecho pausas en la lectura- hacía más de media hora que sólo le faltaban dos hojas para concluir el libro.

Los martes miento N 209 (revista virtual semanal)

1.7.10

¿La lectora en el parque?

foto: Lali
Dedicado al parque Vila Ema,
 que no se sabe si continuará existiendo.

La lectora está desorientada. Como si hubiera olvidado hacia dónde queda cada lugar en la ciudad. Camina por las calles céntricas tratando de reconocerlas, pero –aunque podría decirse que las conoce como la palma de su mano– hoy las nota más oscuras. Los autos pasan a su alrededor y cierta densidad en el aire trae el sonido de las bocinas con delay, lo que la confunde aún más. Le encantaría encontrar un parque, o aunque sea un jardín, donde poder sentarse hasta recuperar una especie de cordura que parece habérsele ido. Respira y el smog se le prende a las fosas nasales. Exhala y el smog se le desparrama por la ropa. Y no se topa con ningún jardín. A lo sumo algún arbolito solitario, de esos que tienen el tronco blanco por el veneno para las hormigas y las hojas de un gris sospechoso. Lo más vegetal que tiene a mano es el libro que trae en la cartera. Por eso lo abre y se hunde en él como si se tratara de una pileta. La sed de vida de a poco se calma. Va pasando las páginas y el entorno, antes asfixiante, se atenúa. Las bocinas se transforman en otros sonidos en un trinar de pájaros tal vez. Cree ver, por el rabillo del ojo que antes captaba una vereda seca, una hilera de árboles surgidos quién sabe de dónde. No se anima a despegar los ojos del libro, mantiene serias sospechas en relación al verde que parecería haber aparecido a su alrededor. Teme que si levanta la mirada de la página, vuelva a ver la ciudad en su peor versión. La lectora se mantiene firme, con las pupilas aferrándose a las páginas, y la piel intentando desarrollar ojos que le confirmen que sí, que está en un parque, que no derribaron los árboles, que se puede seguir respirando.
  
Mi amigo Fernando Salvio, de São Paulo, está luchando para que no desmantelen una de las escasas áreas verdes que quedan en su ciudad.
Ayudémoslo desde donde sea que estemos, entrando a su blog y firmando aquí.


29.6.10

La lectora indecisa

foto: Lali
Lee los buenos libros primero, 
lo más seguro es que no alcances a leerlos todos.
Henry David Thoreau (1817-1862), 
escritor estadounidense.

La lectora dispone de una hora libre. Una hora para encontrar un buen lugar donde sentarse a leer. Camina con esa firme intención, pero de pronto se detiene: la calle se divide en dos y no sabe por cuál seguir. Mira hacia una, mira hacia la otra. Ambas tienen linda luz y podrían contener sitios cómodos como los que a ella le gustan. Se detiene a esperar que algo extraordinario suceda en alguna de las dos calles y que así el destino decida por ella. Pero los minutos pasan y nada ocurre. 
La lectora se apoya en una señal de tránsito estratégicamente colocada justo donde las calles se bifurcan. Saca de su cartera dos libros. Los observa. No sabe cuál leer. Por suerte el autor de uno de los libros siente los ojos dudosos de la lectora y se propone cautivarla. No se sabe bien cómo hace, pero de pronto emana del libro un aroma a café recién molido. La lectora lo abre y el otro, que sólo huele a tinta y papel, queda relegado para más adelante.
En algún lugar, el autor sonríe y se prepara un café. 
También en:

7.4.10

La lectora en las señales de tránsito





A la lectora se la puede encontrar en tantos lugares...

"A la entrada a Massachuset está esta señal de tránsito. El latinoamericano que la encontró no sabía qué significa. Yo creo que corresponde a la lectora.

Juancito Caminador Virtual"

2.3.10

La lectora y Oblogo


foto: Lali

El buen lector hace el buen libro.
Ralph Waldo Emerson
(1803-1822), poeta estadounidense.

Un día sale apurada de casa y se deja el libro que estaba leyendo sobre la mesita de luz. No se olvida las llaves. No se olvida la billetera. Pero sí el libro.
En la cartera no trae nada interesante. Encuentra una receta médica, la lee. Un papel arrugado con una dirección y un horario. Lo lee también. Prueba con los carteles de la calle, pero nada de eso la satisface. Y justo cuando está por entrar en una librería para dirigirse al estante de "libros que aún no tengo pero que algún día quiero leer", un chico se para frente a ella, decidido y sonriente, y le extiende una Oblogo.
La lectora da un suspiro de alivio, agradece con lágrimas en los ojos y busca un rinconcito en la ciudad (cualquier rincón es válido) para recostarse contra alguna pared con su Oblogo a leerla, y releerla, y luego regalarla.

También en:

15.12.09

La lectora en la Nueve de Julio

foto: Lali


Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir;


yo me jacto de aquellos que me fue dado leer.

Jorge Luis Borges
(1899-1986), escritor argentino.


La ciudad de Buenos Aires, en su totalidad, tiene centenas de sitios aptos para la lectura o la locura, según lo que uno escoja.
Ella camina con un libro en la cartera. Al llevarlo, el ejemplar es un simple objeto. Permanece en silencio como todo libro cerrado, y puede ser usado como pisapapeles, posavasos o pequeño techo provisorio si nos sorprende la lluvia en la calle. Sólo se transforma cuando un lector ávido lo abre, y eso es justo lo que ella quiere: ser inmediatamente esa lectora que transmute el objeto en libro. Mientras camina, se pregunta en qué lugar se detendrá a abrir su cartera, rescatar el libro y zambullirse en las páginas. No tarda en encontrarlo. En el medio de la Avenida Nueve de Julio, una pequeña elevación de la calle la invita a tomarse unos minutos. El mundo se detiene entre los autos, y la lectora se aleja por los renglones de otra historia.


También en:
Plume Magazine

La lectora en la calle Florida

foto: Lali


El lector puede ser considerado el personaje principal de la novela,


en igualdad con el autor; sin él no se hace nada.

Elsa Triolet
(1896-1970), escritora francesa.



La lectora camina a toda prisa por el microcentro, anhelando que llegue el momento de retomar la lectura. Dobla en Rivadavia y con total agilidad evita pozos y baldosas flojas. Sus zapatos se adhieren al suelo por el tiempo efímero de cada paso. Las vidrieras luminosas pasan a su lado, una tras otra, pero sus ojos no las ven. Deambula abstraída. Si pudiéramos entrar en su cabeza, nos encontraríamos con una página que espera y agita sus letras con ansiedad. Ella tiene muy presente en qué parte de la historia se detuvo, qué personaje cautiva su atención y a dónde quiere volver lo antes posible. Llega a Florida e involuntariamente disminuye la velocidad. En la peatonal hay tanta gente por metro cuadrado que por más que quisiera no podría avanzar demasiado. Pero no quiere, porque en estos momentos de casi inmovilidad encuentra una oportunidad y sin dudarlo, la toma. Abre el ejemplar deseado, busca la última página leída y el mundo se despliega frente a sus ojos. El bullicio del gentío se aleja como si pasara a otra dimensión. No sabemos si es la ciudad o la lectora la que cambia de plano.
En la peatonal agitada, ella se deja llevar por el silencio ideal para retomar su lectura.



También en:
Los martes miento N 174 (revista virtual semanal)