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9.2.16

La lectora y las profesiones

El post de La lectora y las profesiones apareció en marzo del 2010, aquí el post original.


foto: Valeria Migoya

La verdadera universidad de hoy en día es una colección de libros.
Thomas Carlyle, (1795-1881),
historiador británico.

Si la lectora fuera médica, leería durante las guardias; si fuera profesora, en los recreos; si vendedora, cuando no hubiera clientes; si fuera azafata, en los despegues y aterrizajes; si veterinaria, cuando los animales duermen. Si la lectora fuera jardinera, leería en los días de lluvia; si fuera diseñadora de modas, leería para inspirarse; si fuera fotógrafa, haría las fotos  para La lectora en la ciudad; si fuera andinista, leería en las cumbres; si fuera música, leería partituras; si artista plástica, leería los rostros. Si la lectora fuera contadora, sabría leer números; si fuera chef, leería mientras la comida está en el horno y si fuera presidenta… ahí no sabe cuándo leería pero sí dónde y entonces, sólo por probar, la lectora se asoma al balcón.

También en:
Los martes miento N 199 (revista virtual semanal)
Y en: Malvona

1.6.10

La lectora en la casa mínima



Foto y segunda teoría: Magê Flores
La lectura es para mí algo así como la barandilla en los balcones.
Nuria Espert
(1935), actriz española.

Hay dos teorías: o bien la lectora se concentró tanto que generó una fuerza de atracción y todo a su alrededor se apretujó sobre ella -incluso la casa, que se fue comprimiendo hasta quedar literalmente a su medida- o bien la casa, sin motivo aparente, se achicó en exceso y a la lectora sólo le restó salir al balcón para no perecer en el cuarto cada vez más diminuto.
Pero ni la lectora ni la casa nos brindan una explicación. Por el momento, tendremos que convivir con la duda.


15.12.09

La lectora en la torre

foto: Lali
No existe mejor fragata que un libro
para llevarnos a tierras lejanas.
Emily Dickinson
(1830-1886), escritora estadounidense.


Ella entra al palacio y va directo a la escalera. Tal vez busque pasar el nivel de la ciudad, llegar a una altura donde haya menos pensamientos revoloteando en el aire. El corazón se le acelera. Alcanza la torre y sale a un balcón amplio. En la soledad de la altura, más allá de las cúpulas y las terrazas, el aire pasa libre entre sus ojos y las páginas. Su mirada se transporta hasta posarse en las palabras y, con ellas, levantar vuelo.






Gracias a Miqueas Thärigen, del Palacio Barolo