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29.9.15

La lectora y los subrayados imposibles

foto: Miguel Sampedro

Si a la lectora le prestan un libro y ese libro no le gusta, la situación es fácil. En cambio si a medida que avanza en las páginas se siente en casa, deseará marcar su territorio de lectora con birome, lapicera o cualquier cosa que no pueda borrarse (los lápices no tienen el mismo efecto), subrayando frases, párrafos, páginas enteras. No poder hacerlo la impacienta, la lleva a planear la compra del libro ni bien baje del tren o a apropiarse de ese mismo ejemplar.

Leer un libro ajeno, cuando la atrapa, es como ir a un almuerzo con ropa prestada y blanca y sentirse todo el tiempo a punto de derramarse el tuco de los tallarines. 

23.10.12

La lectora en la estación




La lectora balancea el cochecito, por ende el libro va y viene. Es como una respiración: hacia adelante inspira, hacia atrás exhala. Un renglón para inspirar, el siguiente para exhalar. Va entrando en la novela con la somnolencia que da el acunarse. Cuando el tren llega, está tan abstraída que ni se da cuenta. El sonido de las ruedas del cochecito se integra perfectamente con el del tren sobre los rieles. El andén, hasta entonces vacío, se va llenando de gente. Entonces, ella recuerda dónde está y sube al primer vagón.