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29.9.15

La lectora y los subrayados imposibles

foto: Miguel Sampedro

Si a la lectora le prestan un libro y ese libro no le gusta, la situación es fácil. En cambio si a medida que avanza en las páginas se siente en casa, deseará marcar su territorio de lectora con birome, lapicera o cualquier cosa que no pueda borrarse (los lápices no tienen el mismo efecto), subrayando frases, párrafos, páginas enteras. No poder hacerlo la impacienta, la lleva a planear la compra del libro ni bien baje del tren o a apropiarse de ese mismo ejemplar.

Leer un libro ajeno, cuando la atrapa, es como ir a un almuerzo con ropa prestada y blanca y sentirse todo el tiempo a punto de derramarse el tuco de los tallarines. 

15.10.13

La lectora se pasea por el twitter de Galerna y por el diario de Ricardo Bada

La lectora se pasea por el twitter de Galerna:



...

De vez en cuando, nos colamos en el diario de Ricardo Bada, escrito desde Colonia (Alemania). Aparecer en el diario de alguien que está tan lejos ¿es, un poco, como haber estado allá? Esta semana, fue así (aquí van los recortes de los dos fragmentos):












17.9.13

La lectora y sus habilidades


Hay ciertas habilidades que la lectora desarrolló en estos años. Por ejemplo, leer y conversar con la pequeña lectora, sin que una actividad interfiera con la otra. Casi como un canon. O leer, conversar y estar atenta a la parada. Incluso leer, conversar, estar atenta a la parada y mover las piernas en “ico ico”. Todo junto. Tarde o temprano, el colectivo va a ser más eficaz que el “ico ico” y la pequeña lectora se va a dormir. El único riesgo sería que la lectora también se durmiera. Aunque, después de todo, no sería tan grave: está desarrollando la habilidad, también, de leer y dormir al mismo tiempo. 


11.6.13

La lectora en pleno zapping


foto: Melina Flores


La lectora sabe que está rodeada de mundos. Los de los pasajeros que tiene cerca, cada uno en sus pensamientos. El de la calle que ve pasar por la ventanilla. El del libro que sostiene con la mano libre, la que no está agarrando con fuerza a la pequeña lectora. El de la pequeña lectora. El suyo propio. Esos mundos son como globos transparentes, de colores, que en más de una ocasión se superponen y forman nuevos tonos. Lee una oración, esquiva la cabeza del bebé, lee otra oración, espía por la ventanilla para no pasarse la parada, lee otra más, una mujer que va hacia la puerta la choca con la cartera. Va de un mundo a otro, en un zapping ágil que nada tiene que ver con sus lecturas de hace un año, tirada en el sofá, ajena a los relojes. Pero a veces, con tanta ida y vuelta, algún personaje o situación se le cuela en la realidad o viceversa. Ahora, por ejemplo, no recuerda si la necesidad de bajarse en Retiro era de ella o de la protagonista del libro. Está a una parada de la estación. Decide que no, no va a bajarse. Prefiere continuar con la novela.

11.12.12

La lectora en voz baja


foto: Miguel Sampedro


Si la pequeña lectora estuviera despierta, se apoderaría del libro. Pasaría las páginas hacia adelante y hacia atrás, lo daría vuelta. Tal vez arrancaría una hoja para probar su sabor, o para hacer bollitos: le interesa el ruido del papel al arrugarse. Pero duerme. 
La lectora abre el libro para ella sola y lo lee en voz baja. Es decir, la voz en su mente va casi en un susurro, no vaya a ser que la pequeña lectora se despierte y quiera devorar una solapa, o mordisquear el lomo hasta ablandarlo. Cada uno tiene su forma de leer.

5.4.11

La lectora en medio del tránsito

… te adentras en la lectura como en un denso bosque.
Italo Calvino
(1923-1985), escritor italiano.


Los transportes públicos pareciera que conspiran para que sus pasajeros sientan sueño. Es por eso que se balancean entre los demás vehículos. No importa cuán lúcido esté el pobre mortal que se aventure a sentarse en uno de sus asientos: los ojos se le nublan, desenfocan lo que están viendo y, como mágicamente, su cabeza rueda hacia un lado y ¡listo! esa es la llave para encontrarse en el mundo onírico.
El andar entrecortado del vehículo la acuna. Las páginas quedaron lejos. La lectora en sus sueños pasea por una versión libre del libro que, descontento, reposa en su regazo creyendo que no lo leen. Gran confusión la del libro.


También en: Los martes miento (revista virtual semanal).

1.10.10

La lectora en Florencia

en la foto Tami Nabel, por M.N.
texto: Tami Nabel
Dos horas tarda nuestro tren a Roma. El otoño italiano nos sigue y eso nos reconforta, irnos no es un irnos tan definitivo, no todavía al menos. Ella percibe que Florencia la va a acompañar siempre; por eso quiere asumirlo con seriedad y compromiso, a su modo. Entender. Explicar. Intentar poner en palabras la magia de esta ciudad de cuentos tan lejos de la nuestra y tan indispensable para sus sueños por venir. 
Su voz se volvió monótona y su ropa oscura. No era el momento de la expresión, todo era estímulo y belleza: había que dejarse apabullar. La pasión amenazaba el precario equilibrio que le ofrecía la realidad, pero no procuré sacudirla. Ya tendría tiempo de gritarle al mundo, de frustrarse con la chatura del lenguaje.
Ahora estamos en el tren. Y la veo leer ávida de palabras, nostálgica ya de su idealizada Florencia. Esa es mi lectora, la que ven ahí. Imperturbable en su teórico mundo italiano, mientras yo, imperturbable también, intento captar lo más fresco de mi apasionado mundo argentino.


También en I am TaM

8.9.10

La lectora en la combi

foto: autorretrato de Anahí Flores
El mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee.
Umberto Eco (1932),
escritor italiano.






No todo es un mar de rosas en la vida de la lectora. Puede ocurrir que disponga del tiempo, de un lugar confortable, que tenga un buen libro en sus manos y aún así las cosas no salgan como a ella le gustan.
Subió a la combi y se sentó en uno de los asientos individuales. Era media tarde, la luz entraba potente por la ventanilla e iluminaba la página de su libro. Reclinó el asiento. La calefacción estaba en su punto ideal y el chofer había sintonizado, en volumen bajo, un programa de jazz. Entrecerró los ojos para degustar el momento y luego los posó sobre la primera página con la intención de deslizarse, desde ésta, hacia el interior de la historia. 
Estaba todavía en el primer párrafo cuando el ringtone de una pasajera la interrumpió como un mosquito nocturno. Y luego fue la charla, la charla completa y detallada que la mujer tuvo con algún amigo al que, era evidente, hacía tiempo no veía. La lectora quedó atascada en el tránsito de palabras: entre las que venían del libro y las que se entrometían desde la pasajera. 
Cuando llegó a casa una hora después, el señalador apuntaba, con desilusión, la primera página del libro.


También en:
Los martes miento N 205 (revista virtual semanal)

9.6.10

La lectora en su auto
















Una vez más, nuestro amigo de El nido prestado escribió un cuento para la lectora, y esta vez con la foto automovilística hecha por Miguel Sampedro, leyendo el libro que nos regaló Cecil durante el swap organizado por Sweet Carolaine.

La lectora en su auto

La lectora se sube a su auto nuevo pero a las pocas cuadras siente un tironeo, un síntoma inequívoco de síndrome de abstinencia. Necesita continuar el libro que dejó marcado en la página 46 con la oreja superior de la hoja doblada. Acostumbrada como está a leer mientras viaja en el colectivo o en el tren, su nueva adquisición automotriz es un estorbo, una molestia imprevista. En el siguiente semáforo despliega el libro en la página señalada y busca el renglón en el que su lectura se vio interrumpida. El tiempo demuestra otra vez su relatividad y lo que para la lectora es un momento insuficiente, para el resto de los conductores es una eternidad y aunque ella ignora los gritos y bocinas, una mano golpea su ventanilla y la devuelve a la realidad. La lectora se detiene junto al cordón para terminar ese párrafo, no puede seguir rumbo al trabajo sin saber cómo termina, y lo mismo le pasa con el párrafo de abajo y luego con el siguiente. La lectora llega tarde. Con el pasar de los días trata de perfeccionar su método de lectura e intenta de varias formas leer cuando el auto se detiene, bendiciendo los embotellamientos porteños, pero sus llegadas tarde la dejan al borde del despido. Finalmente la lectora concluye que manejar un auto y leer son actividades incompatibles y peligrosas cuando van juntas. Los días siguientes la lectora viaja nuevamente en colectivo, vende el auto y recupera sus horas de lectura, los pormenores del tránsito quedaron nuevamente fuera de su universo

10.5.10

La lectora en el colectivo


foto: Lali



La virtud paradójica de la lectura es abstraernos del mundo
para, en él, encontrar algún sentido.
Daniel Pennac
(1944), escritor francés.

Una hora en un vehículo que arranca y frena sucesivas veces, ametrallado por las bocinas y los insultos de los conductores, puede ser fuente de muchos malhumores. No para ella, que disfruta al dilatar esa hora en años.
Años que se condensan en poco tiempo son su especialidad. En su cartera hay un libro que, cerrado, apenas es más peso para su hombro, pero abierto se transforma en la fórmula ideal para extender la duración del tiempo, porque entre San Telmo y Palermo, la lectora recorre más de una década de historia. Podría decirse que multiplicó su vida.

También en:
Los martes miento N 189 (revista virtual semanal)


15.12.09

La lectora sacando el boleto

foto: Lali


El amor a la lectura permite que el hombre


cambie los momentos monótonos de la vida por momentos de placer.

Charles de Montesquieu
(1689-1755), filósofo francés.


Subir a un colectivo en la hora pico puede ser comparable a hacer malabarismos en una cuerda floja. Mientras emboca las moneditas en la máquina, el vehículo arranca y frena alternadamente. Pero nada es suficiente para que la lectora se desprenda de la página. Una a una caen las monedas en la máquina y una a una continúan pasando las palabras de sus ojos a su mente, o a dondequiera que vayan una vez que están en su interior.


También en:
Los martes miento N 180 (revista virtual semanal)

La lectora en el subte

foto: Lali


Un libro es como un jardín 
que se lleva en el bolso.
Proverbio árabe


Tarde de calor en Buenos Aires. Ella se lanza a la boca del subterráneo. Una boca con dientes húmedos y rieles ruidosos. El aire es denso. El suelo, pegoteado. El techo, cada segundo, parece descender un poco más. Son las cinco y media de la tarde y su entorno se ve desesperado: los gestos de los pasajeros demuestran que todos querrían estar en otro lugar. Sin embargo, a ella se la nota plácida, sabe que sus tareas se detendrán durante los próximos minutos, o al menos se reducirán a poner atención en mantenerse de pie.
Llega el subte. Entra. Una vez dentro, hunde la mano en la cartera. Ahí está él. Lo saca como disculpándose por haberlo dejado toda la tarde olvidado y a oscuras. Abre sus páginas y el vagón se desvanece. La lectora se transporta bajo las calles de la ciudad, hacia un mundo de letras vivas que se mueven entre su mente y su piel.

También en:
Plume Magazine