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29.9.15

La lectora y los subrayados imposibles

foto: Miguel Sampedro

Si a la lectora le prestan un libro y ese libro no le gusta, la situación es fácil. En cambio si a medida que avanza en las páginas se siente en casa, deseará marcar su territorio de lectora con birome, lapicera o cualquier cosa que no pueda borrarse (los lápices no tienen el mismo efecto), subrayando frases, párrafos, páginas enteras. No poder hacerlo la impacienta, la lleva a planear la compra del libro ni bien baje del tren o a apropiarse de ese mismo ejemplar.

Leer un libro ajeno, cuando la atrapa, es como ir a un almuerzo con ropa prestada y blanca y sentirse todo el tiempo a punto de derramarse el tuco de los tallarines. 

18.8.15

La lectora y el lenguaje de los peces



Como si el mar y la lectora fueran vasos comunicantes, lo que ella lee va directo de su cabeza al agua. Algunos peces intentan comer las palabras. Otros, saltan fuera del agua y abren la boca. Cualquiera diría que quieren responder.

13.1.15

La lectora salta


Para Laura L.

El libro que la lectora abrió tiene oraciones cortas.
Tan cortas.
Y los párrafos.
También.
Parecería que el autor los serruchó.
Con un cuchillo desafilado.
Sin piedad.
La lectora intenta entrar en el texto.
Pero esas oraciones.
Esas palabras.
Esos puntos y aparte sin sentido.
La lectora salta entre renglones desconectados.
Como pochoclo en la olla.

7.10.14

La lectora y Telefónica




La lectora está de entrecasa y metida en algún libro, cuando un timbre la sobresalta. Es el teléfono. Una voz masculina y cordobesa quiere venderle una promoción de llamadas ilimitadas. La lectora casi no usa el teléfono fijo, podría desconectarlo. No lo hace y vuelve a su libro. Avanza un par de páginas. Otra vez el timbre la arranca de la lectura. Una mujer, tal vez tucumana, le pregunta si tiene TV por cable. Ante la negativa, se asombra e insiste en lo feliz que sería con este plan que ella viene a ofrecerle y que se debitaría de su tarjeta junto con la factura del teléfono. La lectora quisiera que no la interrumpan más y, durante diez páginas, nadie llama. Vuelve a sonar el teléfono. Una voz entrecortada, como si estuviera por detrás de una cortina de burbujas, le ofrece un nuevo servicio de internet. La instalación es gratis, aclara, y luego la voz se descuartiza hasta volverse silencio. A la lectora la invade la culpa. ¿Habrá sido ella misma quien, en el apuro por cortar, empujó al dueño de esa voz por el abismo de la línea telefónica? Con remordimiento, se sienta junto al aparato. Leerá mientras espera la próxima llamada.

6.5.14

La siesta de la pequeña lectora




Algunos, cuando leen, dejan manchas de café en las páginas. Otros, una flor marchita, una mariposa disecada. Granos de arena, polvo de yerba mate. Agua de lluvia. La lectora deja lo que tiene más a mano: la pequeña lectora pasará un tiempo acunada por el libro. Suponemos que cuando la lectora termine de leer, la pequeña lectora saldrá también de entre las páginas, como quien se despierta de una siesta larga, larguísima.

8.4.14

La lectora sin libro




Hay momentos en que la lectora establece una relación a distancia con el libro que está leyendo: lo piensa, lo extraña, imagina sus próximas páginas. A veces está más cerca del libro así que cuando lo tiene abierto y en sus manos.

28.1.14

La lectora y las flores




Los libros, cuando están cerrados, son sólo objetos. Pero cuando alguien elige uno y lo abre, ese libro se vuelve fuente de muchas cosas. En este caso, la lectora entra al libro como quien llega a un campo de flores. A medida que avanza por las páginas, algunas letras-flores se le prenden a los ojos, se quedan un rato en su mente y luego salen, exhaladas, como esos pensamientos que a veces se escapan por lo alto de la cabeza sin que uno siquiera se dé cuenta.

...

Gracias a Origamizate por las flores 

22.10.13

La lectora y las elecciones II


foto: Miguel Sampedro


A propósito de la libertad de elegir: se cree que es uno el que elige el libro que va a leer, pero ¿no será el libro el que elige al lector? La lectora se queda mirando unos libros mientras espera alguna señal: un temblor en una tapa, una hoja que se mueva, algo que indique que uno de ellos la llama.

...

Ver La lectora y las elecciones I

15.10.13

La lectora se pasea por el twitter de Galerna y por el diario de Ricardo Bada

La lectora se pasea por el twitter de Galerna:



...

De vez en cuando, nos colamos en el diario de Ricardo Bada, escrito desde Colonia (Alemania). Aparecer en el diario de alguien que está tan lejos ¿es, un poco, como haber estado allá? Esta semana, fue así (aquí van los recortes de los dos fragmentos):












17.9.13

La lectora y sus habilidades


Hay ciertas habilidades que la lectora desarrolló en estos años. Por ejemplo, leer y conversar con la pequeña lectora, sin que una actividad interfiera con la otra. Casi como un canon. O leer, conversar y estar atenta a la parada. Incluso leer, conversar, estar atenta a la parada y mover las piernas en “ico ico”. Todo junto. Tarde o temprano, el colectivo va a ser más eficaz que el “ico ico” y la pequeña lectora se va a dormir. El único riesgo sería que la lectora también se durmiera. Aunque, después de todo, no sería tan grave: está desarrollando la habilidad, también, de leer y dormir al mismo tiempo. 


16.4.13

La lectora y las hojas amarillas




Sentarse en otoño a leer en un banco de plaza es una mala influencia para el libro que, al ver que de los árboles caen hojas, puede tentarse a seguir el ejemplo con las propias y dejar a la lectora con la historia incompleta.

22.1.13

La lectora y la fiebre




La lectora siente la piel colorada como si estuviera asomándose a una olla con un guiso humeante. Con cada página que avanza se acalora más. Las palabras le exigen que se desabrigue. Pero se queda inmóvil; la pequeña lectora duerme en su regazo y moverse equivaldría a despertarla. ¿Debería dejar de leer hasta que termine su siesta? Para variar, no lo hace: pasa otra página. Entonces nota que la pequeña lectora va tomando temperatura. Como si las palabras también le afectaran. La lectora piensa que si la pequeña escucha su lectura silenciosa, ya es hora de seleccionar cuáles libros leer en el caso de tenerla a upa. O seguir igual, sin filtros, y ver qué pasa.

15.1.13

La lectora a solas




A veces le preguntan a la lectora qué interpretó de este o aquel libro. Es como preguntarle de qué color es la ropa interior que lleva puesta. Por lo general, no responde. Da vueltas, cambia de tema. Y cuando encuentra un libro del que de ninguna forma va a opinar (suele ocurrir que ni siquiera ella sabe qué le ve, aunque la atrape), lo lee a solas. Se va a un lugar donde nadie la encuentre y no vuelve hasta haberlo terminado. En eso está ahora. Sigamos de largo.

11.12.12

La lectora en voz baja


foto: Miguel Sampedro


Si la pequeña lectora estuviera despierta, se apoderaría del libro. Pasaría las páginas hacia adelante y hacia atrás, lo daría vuelta. Tal vez arrancaría una hoja para probar su sabor, o para hacer bollitos: le interesa el ruido del papel al arrugarse. Pero duerme. 
La lectora abre el libro para ella sola y lo lee en voz baja. Es decir, la voz en su mente va casi en un susurro, no vaya a ser que la pequeña lectora se despierte y quiera devorar una solapa, o mordisquear el lomo hasta ablandarlo. Cada uno tiene su forma de leer.

20.11.12

La lectora en un escalón




Tenía la intención de bajar la escalera completa. Bajarla mientras leía. No pudo. Si hubiera seguido, hubiera corrido serios riesgos de tropezarse. Y hacer una pausa en la lectura, imposible. Ese libro tenía las páginas como abrojos. 
Los escalones de madera, de todas formas, son un buen lugar para sentarse un rato.

23.10.12

La lectora en la estación




La lectora balancea el cochecito, por ende el libro va y viene. Es como una respiración: hacia adelante inspira, hacia atrás exhala. Un renglón para inspirar, el siguiente para exhalar. Va entrando en la novela con la somnolencia que da el acunarse. Cuando el tren llega, está tan abstraída que ni se da cuenta. El sonido de las ruedas del cochecito se integra perfectamente con el del tren sobre los rieles. El andén, hasta entonces vacío, se va llenando de gente. Entonces, ella recuerda dónde está y sube al primer vagón.

9.10.12

La lectora y el libro Frankestein



foto: Miguel Sampedro

Le preguntan a la lectora cuál es su libro preferido. No tiene idea de qué responder. Piensa en un cuento de un libro. En unas líneas de otro. Recuerda un poema con el que concluye otro libro. Un párrafo que subrayó en alguna novela. Arma un libro de a fragmentos, una antología tan personal como un diario. Un libro en permanente construcción, abierto a cambios cada vez que ella descubra un nuevo texto que la enamore.

4.9.12

La lectora y la vuelta a la manzana




Hay muchas formas de hacer que un bebé se duerma. Una es llevarlo a pasear en cochecito. Pero ciertos bebés, fascinados por el mundo, después de cinco vueltas a la manzana siguen tan despiertos como al inicio o más. Qué hacer entonces. En principio, no confiar en postergar todo para “cuando el bebé se duerma”: tal vez no lo haga. La lectora podría dar la vuelta a la manzana con los ojos cerrados, de tantas vueltas que ya dio. Abre el libro y se deja llevar por el ritmo del cochecito para andar por las calles y por las páginas.